jueves, 21 de enero de 2016

Grotesque. Una reseña desestructurada.

Me abalanzo sobre el teclado y le escribo un mensaje privado a Ignacio Cid Hermoso. «Eres un hijo de puta, no pienso volver a leerte». Él me da las gracias por los mimos. Esa noche, no tengo ganas de leer.

Llevo Grotesque en la mochila. Me acompaña en mi periplo diario en bus. Normalmente lo rescato de entre los apuntes y lo leo con avidez lo que dura el trayecto. En otras ocasiones me basta con saber que está ahí, como un mapa en la alforja del viajero. Nacho tiene el poder de describirme las cosas que ya he visto, los lugares que ya conozco, las personas a las que amo y los sentimientos que me sobrepasan. Y lo hace de una manera tan suya, tan única, tan remota y a la vez tan comprensible, que me parece estar leyendo un libro en otro idioma y, aun así, comprenderlo todo. Subyugado a la magia de sus letras.

Se anuncia la nueva obra de Ignacio Cid Hermoso, esta vez con Dissident Tales (que se está forjando a base de apostar por talento en bruto). En mi muro la facebook, la noticia viene acompañada por una foto del autor. 

Esta foto:

Me parapeto tras mi teclado y juro en arameo. Ahí lo llevas, once again, el muchacho de las gafas. Apenas treinta y ya con una carrera que cualquiera querría para sí. Me enganchó con El osito cochambre, me deslumbró con Nudos de cereza y me permitió bailar con él en Girando en Simetría. En cada una de las obras me recordó el maravilloso misterio de escribir y la gran aventura de leer. Me acerco a la pantalla y miro esos ojillos tras la montura. Esos ojillos que me desafían desde mi muro en facebook. ¿Qué me habrá deparado Cid esta vez? 

Estoy a mitad de semana (en el libro, porque el libro viene dividido en días, a cada día, un relato, un sorbito, una puñalada) y ya estoy convencido de que es lo mejor que le he leído a Nacho. Quizás si me paro a pensarlo detenidamente no me sea tan fácil decidirme entre sus obras. Pero Grotesque acumula muchos quilates en su extensión tan breve. Cid 100% concentrado. Más surrealista que nunca. El ritmo es rápido. Me leería el libro en una noche de no ser porque, muy de vez en cuando, me detengo, cierro el ejemplar y me cuelgo de una frase en concreto. Tan fácil. Tan complicado. 

Jueves: Coges un vuelo es el relato más extenso de la obra y, quizás, el mejor de todos. Difícil quedarse con uno, porque me parecen todos maravillosos, pero este supura romanticismo, fantasía y melancolía por los cuatro costados. Amor por el amor. Amor grotesco, pero amor. Y encima, nota común en la mayoría de los textos, mantiene ese acento, no diré de crítica social, pero sí de retrato caricaturesco. Y en la caricatura, en la deformación de la imagen a través de las lentes del autor, uno reconoce lo que ve cada día en la televisión, en la calle, en su trabajo y en su casa. Lo ve como nunca lo ha visto. En ese retrato hay también denuncia, pero sobre todo, un grito, casi de auxilio. Nacho te coge por los hombros y te zarandea. «¿Es que no lo ves?», parece estar gritándote entre las páginas. Esto se refleja en el Lunes: pierdes tu lugar, el primer escalón de la escalera de caracol y donde, entre las sonrisas que provoca la ingenuidad y la candidez del protagonista, se nos desbroza una realidad que aterra: la soledad del individuo en sociedad.
Termino de leer Viernes: te vuelves loco de amor (que no es el mejor, pero salpica, igualmente, como todos) y Sábado: tratas de subir una escalera (una aventura sórdida y decadente, con Lynch y Cortázar de espectadores) y constato lo que ya sabía: Cid es único y todo el mundo debería darle la oportunidad de leerle. Cómo le odio. Lleno de envidia y admiración, arrojo el librito. Antes de estrellarse contra la pared, cruza toda la habitación agitando sus portadas grises como si fueran alas. 

Por fin me ha llegado mi ejemplar de Grotesque. Es un libro pequeñito, cuidado. Bonito. Me encanta el aspecto envejecido de la portada, la cuidada maquetación. Lo primero que hago es hojearlo. Luego, por mucho que intente contenerme, no puedo evitar buscar las ilustraciones interiores de Javi Hernández y analizarlas. Son evocadoras y salvajes, piezas inconexas de un puzle que aún no he desembalado.

Martes: otorgas vida me conmueve. En él encuentro un extraño estudio del amor paterno-filial que deja una profunda reflexión. Se lee livianamente, casi con comicidad, pero tras la cáscara hay algo amargo muy cercano al terror, o al drama, o a esa cosa que hace Cid y que no es ni una cosa ni la otra. Sensaciones que me llevan directamente a Twin Peaks. El Miércoles: Buscas la felicidad ya viene con la advertencia: Lo peor que te puede pasar es que me comprendas. Es el más críptico de todos los textos. El amor necesitado que atraviesa realidades. Un cuadro es la puerta. Me deja acunado en una interrogante, pero, una vez más, disfruto de un escritor que disfruta de lo que hace, que aprovecha cada párrafo para buscarse e inventar nuevas junglas, nuevos caminos. Esta noche soñaré con una selva verde.

El autobús traquetea. Llevo el tomo en la mochila, pero hoy no leo. Estoy a punto de terminar Grotesque y con una reseña en mente, pero no sé qué decir de él. Me tiene ametrallado el corazón. ¿Recomendaría el libro? Sin duda. Pero con una advertencia, como las que el autor deja, a modo de miguita, antes de cada uno de sus relatos: no te esfuerces, deja que te lleve, le diría al posible lector. Deja que te lleve.

Encuentro una conversación sobre el libro en las redes. Mi aportación es escueta: "Un libro tan incómodo como imprescindible": No se me ocurre nada que lo describa mejor. Lo apunto mentalmente para incluirlo en la futura reseña. Es incómodo, porque a veces nos esforzamos por entender algo de lo que simplemente hay que disfrutar. Vaya, esa también es buena. La apunto para la reseña.

Cuando termino de leer Domingo: encuentro mi camino, se cierra el círculo. Me queda claro que Ignacio Cid lo ha conseguido de nuevo. Me ha hecho recordar por qué escribimos, para qué leemos. Aplaudo. Ese maldito autor y su maravillosa locura lo han vuelto a conseguir. Ignacio vuelve a hacer honor a su apellido, y nos regala algo hermoso.

Chapeau, caballero.